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Algo irónico
En Bolivia, no se desvanece, sino se afianza el culto a la simbología. Es perceptible este apuntalamiento sobre todo en la formalidad política. Veamos: la España colonial trajo a las tierras del Nuevo Mundo la adicción de su elite nobiliaria (Rey, marqueses, duques, barones, caballeros, etc.) a usos, costumbres y emblemas connotativos de rango político, social y económico, que sobresalían en todos los fastos ceremoniales. Frente a estos símbolos y el retrato del monarca (hecho a pincel sobre tela por el pintor de moda) se congregaban los asistentes a actos de posesión de autoridades.
En la Bolivia de hoy, la simbología es cosa que también refulge en los fastos ceremoniales de moros y cristianos, sólo que ahora es mucho más densa que antes: Wiphala y otros emblemas que se agregan a la tradicional tricolor boliviana.
Bastones de oro o plata eran símbolo de poder imperial en muchos países europeos. Hasta el propio Napoleón enseñó uno de ellos tras su coronación como Emperador en la Iglesia Nostradamus de París. Parece que los Incas del Cuzco tenían igualmente el suyo, como símbolo de implacable hegemonía imperial sobre todas sus colonias del Tahuantinsuyu, detalle que le desmerece para formar parte del bagaje emblemático del "Estado Plurinacional de Bolivia".
En los tiempos coloniales, las autoridades del imperio hispánico tomaban posesión de sus cargos en Charcas, la actual Sucre, derrochando la "blanca" (plata) en suntuosos despliegues ceremoniales y festejos que duraban más de una semana. Antes de la llegada de los españoles, los incas no iban a los "suyos" a dar posesión a sus curacas o gobernadores, quienes asumían sus funciones de modo fáctico. Tampoco el Monarca de Madrid se "hacía a la mar", rumbo a las Américas, para presidir las ceremonias de posesión de sus virreyes, Capitanes Generales y Presidentes de Audiencias. Hoy, en Bolivia, lo inédito es que el Presidente o Jefe de Estado va a Sucre a posesionar en persona a los gobernadores regionales. Antes, en plena época del centralismo, hacían eso los Presidentes de las respectivas Cortes Superiores de Distrito.
No deja de ser irónico que en pleno proceso de "cambios" sigamos apegados a usos y costumbres coloniales. Las ceremonias de posesión de autoridades a todo nivel debieran ser como son en todos los países que ya anclaron en la modernidad: sencillas y breves, reducidas a tomas del juramento de ley. Y nada más Acaso el gobierno sea el más obligado a esta simplificación. Se lo exige su decantada proclama de "descolonización" (cultural, se entiende), porque desde 1825 no somos ya colonia de nadie.