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El conflicto cotidiano |

José Gramunt de Moragas, 2-Jun-2010
La investidura de los gobernadores de elección popular en la emblemática Casa de la Libertad de Sucre, fue menos prometedora de lo que merecía. La amonestación del Presidente a las nuevas autoridades a no actuar como separatistas ni conspiradores contra su persona, fue una impertinencia.
Una de tantas que Don Evo prodiga. Incluso en la visita al Papa al que se permitió dictarle algunos consejitos para reformar la Iglesia universal. Fue una impertinencia que ningún jefe de Estado le hubiese tolerado. ¡Pero si D. Evo tiene serias dificultades en gobernar un pequeño país como es Bolivia!
¿Quién recibía ese juramento de los gobernadores? El Presidente del Estado Plurinacional, Socialista Comunitario, naturalmente. Por eso, los tres gobernadores disidentes no dieron ninguna señal ni verbal ni gestual de jurar nada ni frente a nadie. Por el contrario, las nuevas autoridades adictas al régimen hicieron el saludo masista y pronunciaron con voz firme las palabras sí juramos. Los otros tres ya habían jurado ante la Biblia, la Constitución y ante su asamblea departamental.
Es una lástima que la experiencia autonómica haya empezado mal. Repetidas veces, desde esta columna me he permitido alentar la idea autonómica porque considero que es la expresión más democrática de organizar un Estado, especialmente siendo tan diverso como es Bolivia. Una democracia fuerte se apoya en unas autonomías fuertes. ¡Ojo! El adjetivo fuerte no significa en este caso ni un centralismo autoritario ni un autonomismo separatista.
De acuerdo con el diccionario de la lengua española, separatismo es la doctrina política que propugna la separación de algún territorio para alcanzar su independencia o anexionarse a otro país. Ninguno de los gobernadores del país propugna la independencia de su departamento, del Estado boliviano, ni anexionarlo, pongamos por caso, ni al Brasil ni a la Argentina.
Aunque algún desorejado lo hubiese dicho alguna vez, más como una forma de protestar contra el centralismo paceño que por una intención secesionista. Estoy seguro de que ni el mismo Don Evo cree que sus contrincantes se propongan separarse del Estado boliviano ni anexionarse a ningún otro país. Entonces, ¿por qué acusa de lo que ni él mismo cree?
Lo que desean los autonomistas, especialmente los orientales y sureños, es el fin del aymaro-centrismo que impuso el Gobierno masista desde que asumió el poder.
Lo que sí requieren los auténticos autonomistas es tener señaladas con claridad unas competencias propias dentro de las cuales el gobernador y su asamblea departamental toman decisiones sin tener que recurrir a tal o cual ministerio para que las autorice o las deniegue y contar con unos recursos propios sin tener que elevar una solicitud (incluso con firma de abogado) que dormirá en alguna oficina del Gobierno central y que tarde o nunca, aparecerá el funcionario que firme el cheque.
Hay mucho más. El legítimo autonomismo debe ganarse por méritos propios la reputación de que los gobernadores y sus asambleas saben gestionar. Que abandonen los viejos vicios del predominio de los gallos que cantan más fuerte o de los que tienen el espolón más punzante. La nueva consigna de una buena gobernación será: Gestión, gestión, gestión.