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Ramón Rocha Monroy, 8-Jun-2010
Lenin advirtió que en los países semicoloniales donde no hay una burguesía que encabece la revolución democrático-burguesa, a este proceso de modernización se llame nacionalismo revolucionario. Éste es nuestro caso, pese a los dogmatismos de los marxistas bolivianos, que calificaron la revolución del ´52 como democrático-burguesa restándole toda especificidad, no obstante que no teníamos burguesía ni una clase dominante interesada en desarrollar estas tareas.
Una modernización del país democrático burguesa pasa por la consolidación del mercado interno, de la industrialización, del control soberano sobre nuestros recursos naturales, de la soberanía interna y externa, es decir, la creación de un Estado que se haga respetar en lo interno a través de una presencia estatal firme en todo el territorio, y en lo externo, evitando la injerencia de otros países en nuestras decisiones soberanas. Nada de esto ocurrió hasta el ´52, porque la clase dominante no tenía interés en desarrollar el mercado interno, o industrializar al menos la minería con la construcción de fundiciones, o industrializar, porque consumía artículos suntuarios de importación, o controlar con soberanía nuestros recursos naturales porque atraía capitales externos otorgando las máximas facilidades impositivas, laborales y hasta jurisdiccionales (no olvidemos que la capitalización fijó como tribunal al de las Islas Caimán en lugar de hacer respetar el principio constitucional de soberanía de nuestras leyes).
Vino el ´52 y por primera vez hicimos esfuerzos por desarrollar el mercado interno, por industrializar a través de la diversificación de la economía, por controlar nuestros recursos naturales a través de la nacionalización de las minas y el petróleo y por sentar soberanía y autodeterminación, aunque luego la burocracia movimientista desvirtuaba estos propósitos y se abría a la injerencia norteamericana. A este proceso de llamó nacionalismo revolucionario, cosa que a Lenin le habría caído bien, aunque los marxistas bolivianos la siguieran llamando revolución democrática burguesa.
Pues bien, hoy tenemos un proceso que toma contenidos del viejo nacionalismo revolucionario pero con una política social distinta: ya no quiere homogeneizar a la población boliviana llamando campesinos a pueblos indígenas de culturas distintas. Por eso la Constitución vigente proclama el nuevo Estado Plurinacional de Bolivia, aunque los marxistas ortodoxos hablen de la construcción del socialismo.
La conclusión es lógica: hablar en Bolivia de socialismo es adoptar una denominación eurocéntrica que trae a la memoria los grandes fracasos del socialismo soviético y de la Europa del Este, sus temibles atentados contra el medio ambiente y el ser humano a través de la industrialización forzosa y, sobre todo, el dogma de la productividad y el desarrollo de las fuerzas productivas como condición para construir una sociedad sin clases. En esto, el socialismo de Occidente tenía mucho en común con el capitalismo, producto genuino de Occidente. En cambio la ideología del Estado Plurinacional trata de rescatar otro paradigma: el centro del universo no es el individuo sino el cosmos, la Pachamama, un sistema del cual el ser humano es apenas una criatura. Este paradigma trastoca totalmente la civilización occidental, que heredamos, y nos aproxima a nuestras culturas precoloniales, que desarrollaron un proyecto de respeto por la naturaleza y de armonía con ella. ¿Por qué entonces seguimos llamando socialismo a este proceso? ¿No deberíamos inventar otra denominación más exacta y más nuestra? Si este proceso tiene elementos del nacionalismo revolucionario en un nuevo contexto plurinacional, ¿por qué no lo llamamos Plurinacionalismo Revolucionario? Así el ideologema ya no sería el NR del ´52 sino el PNR del 2005.
Fecha: 8-Jun-2010
http://www.lostiempos.com/diario/opiniones/columnistas/20100608/plurinacionalismo-revolucionario-pnr_74442_138558.html