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Oscar Peña Franco, 12-Jun-2010
Si algo ha caracterizado por siempre las relaciones bilaterales boliviano-chilenas, ha sido la desconfianza. Desconfianza manifiesta y sujeta a probanzas sobre la conducta y las actitudes chilenas en desmedro de Bolivia que se remontan a los albores libertarios, cuando el sueño de Andrés de Santa Cruz, entroncado con la vocación bolivariana de unidad continental, se hizo trizas en Yungay, con la ayuda del entramado de intereses de ultramar reacios a aceptar que al sur del río Bravo varias naciones habían conquistado su derecho a ser libres.
Y, admitámoslo, con la complicidad implícita de los enemigos internos del Mariscal para quienes la patria estuvo un paso atrás de sus oscuras veleidades.
La Guerra del Pacífico, con prolegómenos arteros y un desenlace que confinó a Bolivia a la prisión entre sus montañas, que aun padece, remachó los clavos de la desconfianza. El tratado de 1904, que aun es materia de discusión y anhelo de rectificación histórica entre quienes creen que pudo evitarse y los que sostienen lo contrario, hizo incurables las heridas.
La publicitada (real por momentos, coja con frecuencia) bonanza chilena tiene, por cierto, entre sus tributarios las inmensas riquezas de las que privó a Bolivia por el camino de la conquista mediante la fuerza. Guano y salitre primero, cobre después, asfaltaron el camino de Chile hacia el progreso económico. Tres riquezas de las que despojó a Bolivia en la guerra de 1879.
A partir de entonces, se multiplicaron los esfuerzos de Bolivia, conmovedores por momento y estériles por ahora, de recuperar parte de lo perdido: ya que no sus riquezas, ya que no toda la extensión costera usurpada, cuando menos una salida soberana al mar. Un puerto. Un enclave. Una zona libre con soberanía. Lo que fuere con tal de lograr el reconocimiento de su histórica cualidad marítima y disfrutar de nuevo de su condición de país con litoral propio.
La respuesta chilena fue siempre de rechazo al reclamo boliviano, cuya calidad histórica fue avalada por toda clase de foros internacionales que Chile desconoció de manera sistemática. Hace un siglo que Bolivia choca contra el mismo muro. No han faltado estudiosos y políticos bolivianos, especialmente estos últimos, que se maltrataron el alma culpando de esta situación a la falta de una política seria y constante boliviana en este campo, en tanto que Chile sí la tendría. ¡Cómo no va a tener Chile una sola política si la misma consiste única y exclusivamente en decir no a la otra parte y en desahuciar sus reclamos aunque estos tengan sólido sostenimiento causal y hayan por ello merecido el apoyo de cuanto tribunal o foro internacionales les ha prestado atención a lo largo de un siglo abundante en frustraciones y escaso en avances significativos para la causa justa de Bolivia!
Hoy, en el marco de la asamblea general de la OEA en Lima, se ha puesto en movimiento un nuevo intento reparativo conducido por el canciller Choquehuanca. El nuevo rostro de la esperanza no es distinto de los de ocurrencia secular que lo precedió. Aun así, brinda módico espacio a un optimismo que no debe echar en el olvido las numerosas lecciones de una historia dolorosa.